Visitamos la isla más grande de toda Grecia, posiblemente una de las más bonitas y turísticas. Creta es donde se gestó la cultura minoica, una de las más antiguas de toda Europa y además, el germen de lo que después se conocería como cultura griega.
Creta: entre mitos, playas y rutas de bus
Llegar a Creta fue muy sencillo: volamos a Heraclión desde Atenas, apenas una hora de vuelo, aunque también hay ferris desde El Pireo para quienes quieran disfrutar de la travesía por el Egeo. Desde el primer momento la isla nos pareció enorme, con paisajes muy distintos entre sí, así que teníamos claro que necesitaríamos organizarnos bien para recorrerla.
La mayoría de viajeros recomienda alquilar coche, pero nosotros decidimos hacerlo de otra forma: movernos con los autobuses de la empresa pública KTEL. Y fue una grata sorpresa. Puntuales, cómodos y económicos, nos permitieron conectar nuestras tres bases del viaje: Heraclión, Rétino y La Canea. Desde cada una hicimos excursiones sin problema, y la experiencia fue mucho más relajada de lo que esperábamos. Nos sorprendió la puntualidad de KTEL, funcionan muy bien.
Cnosos y el mito del Minotauro
Uno de los lugares que más esperábamos visitar era el Palacio de Cnosos, en las afueras de Heraclión. Allí la historia y la leyenda se entrelazan. Según el mito, el rey Minos mandó construir un laberinto para encerrar al Minotauro, un monstruo mitad hombre, mitad toro. Cada año, los atenienses debían enviar jóvenes como tributo, hasta que Teseo, con la ayuda de Ariadna y su famoso hilo, logró matarlo y escapar.
Más allá de la fábula, este relato sirvió para explicar cómo la cultura minoica se proyectó hacia el continente griego: a través de Teseo, de alguna manera, el legado cretense se trasladó y dio paso a la Grecia clásica. Tenemos ya disponible un capítulo de tejepodcast a hablar de Sir. Athur Evans, el arqueólogo que descubrió el palacio.
La visita a Cnosos fue interesante, pero también nos dejó sensaciones encontradas. Por un lado, para cualquier académico es una visita obligatoria por la importancia del yacimiento arqueológico. Por otro lado, la entrada es bastante cara (20€ en agosto de 2025), y buena parte de lo que se ve hoy responde a las reconstrucciones que hizo a principios del siglo XX Sir Arthur Evans. Sus métodos, hoy considerados pseudoarqueología, distorsionan la realidad del palacio. Aun así, merece la pena para hacerse una idea de la importancia histórica de Creta.
Heraclión, algo más que puerta de entrada
Heraclión suele ser la primera parada de muchos viajeros y, aunque a menudo se la ve solo como ciudad de paso, descubrimos que tiene rincones muy interesantes. El Museo Arqueológico es una auténtica joya: allí se conservan los frescos originales del mundo minoico, joyas, cerámicas y piezas que dan vida a lo que en Cnosos solo se intuye. Dicho de otro modo, aquí encontrarás toda la autenticidad que no vas a ver en Cnosos, pese a que no reciba tantos visitantes.
La ciudad en sí combina un aire moderno con un casco histórico lleno de sorpresas. Nos gustó pasear por la Plaza de los Leones, donde siempre hay ambiente, y asomarnos a la fortaleza veneciana de Koules, que vigila la entrada al puerto desde el siglo XVI. También encontramos buenas tabernas donde probar platos cretenses en un ambiente menos turístico que en otras ciudades de la isla. Puede que Heraclión no tenga el encanto veneciano de Rétino o La Canea, pero merece mucho más que una escala rápida: es el lugar perfecto para comprender la historia de Creta y, al mismo tiempo, sentir su ritmo cotidiano. Recomendamos dedicar un día para visitarla.
Rétino, cascadas y playas escondidas
Si tuviéramos que elegir una ciudad en la que sentimos la auténtica calma cretense, esa sería Rétino. Pasear por sus callejuelas venecianas, con balcones cubiertos de buganvillas, fue un auténtico placer. El puerto veneciano al atardecer tiene una luz que parece pintada, y allí encontramos un ambiente mucho más pausado que en otras ciudades.
Desde Rétino hicimos una excursión a las cascadas cercanas, que nos parecieron un oasis inesperado. Rodeados de vegetación y agua fresca, fue como entrar en otra Creta, distinta a la de las playas de postal. También aprovechamos para visitar la playa de Plakia. Muy poca gente habla de ella porque la mayoría va a Preveli, más famosa y concurrida, pero Plakia nos pareció tranquila y auténtica, un secreto bien guardado.
Para visitar las cascadas, tomamos un autocar de KTEL desde Rétino que llevaba a Plakias, aquí pedimos de bajarnos a mitad de camino, justo donde empieza la ruta que conduce a las cascadas de Kourtaliotiko. No tiene mucha perdida porque verás muchos turistas que acuden a la misma llamada. Se deben pagar 5 euros para entrar al camino que conduce a las cascadas. Se llena bastante de visitantes, por tanto, armaros de valor y tomarlo con calma. Para algunos esto rompe la experiencia, para nosotros no, ya que una vez llegas allí las cascadas tienen una belleza que supera todas las expectativas. Para entrar en ellas y verlas realmente, vas a tener que darte un chapuzón en aguas heladas, incluso nadar por un pequeño tramo que no vas a poder tocar el suelo. Marta decidió verlas desde fuera, yo me lancé y llegué hasta el final. Para ello me puse el móvil en la boca y nadé hasta llegar al otro lado de la cascada donde vuelves a tocar tierra. Vinimos aquí porque nos lo recomendó un amigo nuestro y él perdió el móvil porque se le mojó. Así que lleva bolsa para el móvil si no quieres que se moje. También lleva escarpines porque al entrar hay muchas piedras. Yo no llevaba ni bolsa de móvil ni escarpines, así que no haz lo que digo no lo que hice. 🙂
Entré y salí tres veces (sola una con móvil), la tercera vez, fui directamente a meditar en mitad de las cascadas, mientras cae el agua y vuelan los pájaros. Es una experiencia maravillosa, el agua helada llega un momento que deja de sentirse y tu cuerpo se adapta. En este caso, agradezco a mi experiencia viajera el hecho de poder adentrarme sin muchos remilgos en este tipo de aguas. Muchos viajeros se quedan fuera en cuanto ponen un pie en el agua helada. Es comprensible. Por lo tanto, ten presente este hecho si estás planeando ir a verlas.
Si vas en coche, lo tienes realmente fácil, hay un parking al lado y está bien señalizado.
Muchos viajeros aprovechan que visitan las cascadas al sur de Rétimo para ir a la famosa playa de Preveris. Nosotros no pudimos porque el autocar de vuelta nos llevaba a la desconocida (por los turistas) playa de Plakias. Y aunque no podemos compararlas, cabe decir que nos encantó la playa de Plakias, porque estaba vacía de gente, era grande, con aguas tranquilas y trasparentes. Es la playa donde van los propios cretenses, así que ya lo sabes.
La Canea
La Canea es, probablemente, la ciudad más bonita de la isla. Su puerto veneciano, con las fachadas de colores reflejándose en el agua, es un lugar en el que apetece perderse sin prisa. Es la hermana mayor de Rétino. El casco antiguo de la Canea también responde a su pasado veneciano. Con su puerto y sus preciosas casas alrededor. Podrás pasear por las tardes visitando un sinfín de tiendas y restaurantes. La verdad es que los griegos tienen realmente buen gusto.
Desde el puerto de la Canea hicimos una excursión en barco con varias paradas para hacer snorkel. Fue una experiencia increíble, no solo por las aguas cristalinas y los peces, sino porque pudimos ver bajo el mar el pecio de un avión alemán hundido durante la Batalla de Creta en la Segunda Guerra Mundial. Fue como encontrarnos con un pedazo de historia flotando en silencio bajo el agua. Además, el capitán de barco, que se parecía a Iggy Pop, era un hombre de mar con mucho humor y que transmitía muy buena vibra. Hasta animó a Marta a ir nadando todos juntos a una isla cercana. Marta fue muy valiente y armada con su chaleco salvavidas, llegó sin problema a la pequeña isla de Lazareta. Aquí pudimos hacer esnórquel a muy poca profundidad rodeado de peces. También les dimos de comer pan, fue muy divertido. Recomendamos mucho hacer esta excursión, quizás fue uno de los puntos más álgidos de todo nuestro viaje a Grecia.
Si algo no falta en Creta son playas, pero no todas nos dejaron la misma sensación. Hay dos distintas visitas famosas que se suelen hacer. La playa de Balos y la de Elafonisi. Balos, con su laguna turquesa y paisaje irreal, es espectacular… aunque también nos resultó demasiado saturada de turistas. En cambio, Elafonisi nos robó el corazón: su arena rosada y sus aguas poco profundas nos parecieron la estampa más bonita de toda la isla. Allí sí sentimos que habíamos encontrado nuestro rincón de paraíso. Elafonisi tiene fama de ser la mejor playa de toda Creta y entendemos perfectamente las razones. Ten presente que son dos excursiones que deberás realizar en días diferentes, porque no están cerca la una de la otra. Así que si por alguna razón tuvieras que elegir una excursión únicamente, quédate con Elafonisi.
Consejos finales
Creta es una isla enorme y diversa, así que conviene dedicar al menos una semana para recorrerla, mejor si son diez días. En verano, no olvides protegerte del sol con crema, gorra y abundante agua: el calor puede ser intenso, sobre todo en las excursiones. Nosotros visitamos la parte occidental de la isla, que es la más popular, pero estoy seguro que da para otro viaje para acabar de descubrirla por completo.
La gastronomía local es otro viaje en sí mismo. No dejes de probar la dakos, la moussaka o el queso graviera. Y por supuesto, brindar con un raki, porque en Creta la hospitalidad siempre se celebra en la mesa.
Y, sobre todo, viaja de forma responsable: respeta los senderos, no te lleves arena ni piedras de las playas y apoya a las tabernas familiares. Es la mejor forma de que esta isla mágica siga siendo auténtica para quienes la visiten después.
Cuando recordamos nuestro viaje, lo que más nos viene a la mente no es solo una imagen concreta, sino un mosaico de sensaciones: el brillo del sol en el puerto de Rétino, la brisa en las callejuelas de La Canea, la arena rosada de Elafonisi, el frescor inesperado de las cascadas, el silencio bajo el mar junto a aquel avión hundido… Creta nos regaló historia, naturaleza y hospitalidad a partes iguales. Y nos enseñó que, a veces, dejarse llevar por el hilo de Ariadna —aunque sea en un bus de KTEL— es la mejor forma de encontrar tu propio camino en el laberinto del viaje.
Como siempre os dejamos con más fotos, gracias por llegar hasta aquí
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